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Vito Dumas, el navegante solitario.

Vito Dumas, el navegante solitario.

Entre los grandes navegantes no europeos de la primera mitad del pasado siglo, podríamos destacar al argentino Vito Dumas; apodado “el navegante solitario” por unos, “el navegante de las tempestades” por otros, y como “el caballero del mar” por sus paisanos. Se le recuerda por realizar cuatro viajes memorables, entre los que podríamos destacar la vuelta al mundo por los 40⁰ de latitud sur, proeza reflejada más tarde en su libro Los 40 bramadores.

Pero hoy vamos a contar otra hazaña suya, no prevista en un principio, que dejaría al más experimentado marino sin capacidad de reacción.

Nos encontramos en Buenos Aires en 1946, un año después del término de la Segunda Guerra Mundial. Vito, a bordo de su leal queche Legh II, parte con rumbo norte para una navegación costera que le haría arribar a La Habana a finales de mayo, después de bordear Brasil y cruzar las Antillas. En los primeros días de junio, decide hacerse a la mar en demanda del puerto de Nueva York, cruzando el estrecho de Florida y dejando por babor las costas de Carolina del Sur, del Norte, Virginia, Delaware y Nueva Jersey, llegando a su destino en la segunda mitad del mes sin poder atracar en puerto por culpa de la corriente, del nulo viento y la falta de un motor de apoyo en la embarcación.

En vista de la situación, como buen aventurero y con víveres a bordo para solo diez días, decide poner la caña rumbo a las islas Azores, al otro lado del océano y a unas 2100 millas náuticas de distancia, tardando prácticamente un mes en llegar. Cuando se encuentra a menos de 100 millas, la fuerza del viento asociada en consecuencia a la mala mar, le hace desistir de hacer escala en Faial, la isla más occidental del archipiélago. A bordo solo le quedan diez litros de agua y un poco de harina, pero por segunda vez decide cambiar de planes y lanzarse en demanda de Madeira con otras 600 millas más por delante.

Una semana después, tomando altura con el sextante, se da cuenta que ha alcanzado una posición ligeramente al sur del paralelo de la isla, necesitando otras 210 millas en rumbo recto y siempre con barlovento, para llegar a Funchal, lo que es prácticamente imposible.

Debido al racionamiento de víveres, Vito ha adelgazado y como consecuencia de ello, cada vez se encuentra más agotado, pero otra vez más, decide cambiar de plan y arrumbar hacia las costas de Canarias que se encuentran a unos seis días de navegación. Sin embargo, la suerte tampoco le acompaña y cuando, con viento contrario vislumbra el faro del Puerto de la Luz, en Gran Canaria, la corriente sumada al viento hacen que, por más bordadas que haga para acercarse a la bocana, su posición real sea cada vez más al sur perdiendo finalmente de vista la isla por su popa.

Con más de cincuenta días de navegación por el océano Atlántico Norte, que no es precisamente un lago, no le quedan víveres y el agua que restante está salobre. Con esas premisas decide acercarse a las rutas de los grandes navíos, con el peligro que eso conlleva, ya que en cualquier momento de despiste o vacilación puede convertir su querido Legh IIen su ataúd.

Dos días después consigue avistar a un carguero cerca de la costa africana que le abastece con víveres para poder llegar a Cabo Verde, a 700 millas dirección sur; lleva cincuenta y seis días de navegación desde que partió de La Habana navegando por el Atlántico sin poder entrar a ningún puerto.

Semana y media después aparece por la proa la isla de Boa Vista y, una vez más, el viento le juega una mala pasada, no hay presión y la corriente lo aleja cada vez más de tierra sin que nada pueda hacer por acercarse a cualquiera de las islas que van apareciendo ente sus ojos. Observando con pesadumbre cómo desaparecen los últimos peñascos por el horizonte, vuelve a enfilar su proa con la intención de poder cruzar el océano Atlántico en dirección sur.

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A estas alturas, Vito es un esqueleto viviente, pero ciento seis días después de su partida, el 17 de septiembre, consigue tocar tierra en algún lugar de la costa del estado de Ceará, al norte de Brasil, dando por finalizada esta aventura.

Como lectura, recomiendo sus libros Los Cuarenta Bramadores (en algunos países se editó como Los 40 rugientes), El viaje del Sirio, El crucero de lo imprevisto, Solo, rumbo a la Cruz del Sur o Mis viajes.

Como dato curioso, dejamos el enlace a la revista El Gráfico, en su edición de 1943, dónde, entre las páginas 22 a 29 podemos leer el reportaje de la llegada de Vito Dumas a Montevideo tras su travesía alrededor de los 40⁰ de latitud sur.


Texto por J. Mª Gabaldón Verdú.

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