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Rumbo Leste – Capítulo 9

Rumbo Leste – Capítulo 9

Alberto Muñoz Amor

Aviso a navegantes!: Este es uno de los capítulos de la novela escrita por nuestro amigo Alberto Muñoz Amor, una aventura de mar escrita a sus 15 años de edad. Empieza con el capítulo 1 aquí.

Capítulo noveno

A las nueve de la mañana suena como de costumbre el despertador. Sólo he dormido cuatro horas y estoy algo fatigado. Para despertarme un poco pongo la cafetera y tomo un café bien cargado. Rápidamente recojo la cama y salgo hacia la tienda. Al llegar me encuentro con que está cerrada -son las nueve y veinte y la tienda abre a las nueve y media- . Para hacer tiempo doy una vuelta por los muelles fijándome especialmente en los pequeños veleros. Pasado un cuarto de hora llego a la tienda y paso al interior. Pregunto por el aparejo. Me llevan a una amplia sala donde hay una gran cantidad de barcos. Entre un laberinto de proas y popas llego al otro extremo del local. Allí, sujeto a la pared, está el mástil. Junto a él hay cinco sacos de distinto tamaño que supongo contendrán las cinco velas. También hay un tangón y una botavara. En otro saco, me explica el dependiente, están todas las escotas y drizas del aparejo.

Me invita a observar el estado de las velas y veo que están muy bien conservadas, así como las escotas, drizas, motones y jarcia firme.

Una vez adquirido tenemos que atravesar con el mástil y sus pertrechos todo el mar de barcos de la sala. Resulta ligeramente complicado y sólo después de un buen rato conseguimos sacarlo. Una vez fuera me subo el mástil al hombro y cojo con las manos las seis bolsas. Tras un penoso camino consigo llegar al barco y deposito muy cuidadosamente en el suelo el palo, las bolsas, la botavara y el tangón. Poco a poco voy pasando todo a bordo. Las bolsas las introduzco en el camarote y el mástil, botavara y tangón los dejo en la cubierta bien atados para evitar su caída al mar. Tengo que ir a las oficinas del club a notificar que voy a permanecer más tiempo del pensado en el puesto de atraque. Son las once cuando acabo las gestiones y me dispongo a empezar a trabajar.

Hago una lista de cosas que tengo que comprar en la tienda de náutica. Antes de salir hacia ella cojo un metro de la cabina y mido la altura del mástil (8 metros), y la de la botavara (3,5 metros). Tras ello calculo el punto donde va a ir emplazado el mástil, así como los puntos de los estaies, obenques, back estay, etc. Calculo que podré dejar montada la jarcia firme (mástil y pertrechos). Cierro la cabina y salto a tierra. Me dirijo hacia la tienda. Voy pensando en posibles cosas que se me hayan olvidado. Poco a poco van saliendo. Al llegar a la tienda me despacha el mismo dependiente que me atendió cuando compré el mástil. Una vez finalizada la compra regreso al barco. Miro el reloj, ya es la una. Acelero el paso y en poco tiempo estoy en el «NAVEGANTE».

Saco la caja de herramientas y extraigo de ella un punzón y un alicate. Para fijar cada cadenote hay que hacer dos agujeros en la madera para introducir los dos tornillos “sin fin” que a este vienen soldados y a los que luego se coloca su respectiva tuerca, quedando el cadenote muy sólido al casco. Procedo pues a hacer dos agujeros en cada punto anteriormente señalado.

En pocos minutos están los cadenotes instalados y me dispongo a colocar el carril del mástil frente a la pared de proa del camarote. Antes de poner el mástil voy a comer. Paso al interior y pongo todas las velas a proa. De la despensa saco una sopa de sobre y en un momento la preparo. Recojo todo y salgo. Antes de subir el mástil tengo que colocar todo el juego de drizas. Saco la bolsa que las contiene y poco a poco las voy poniendo en su sitio.
Cuando está listo el mástil para ser izado son las cinco. Los tripulantes de la goleta que tengo al lado se ofrecen a echarme una mano. Entre los tres conseguimos izar el mástil. Rápidamente voy sujetando los grilletes de los estaies y los obenques, y una vez colocados éstos pongo el pasador de la base del mástil. Parece que queda muy firme. Hay un pequeño problema: el genovés no se puede poner con este aparejo, pues el puño de escota quedaría muy alto y la vela flamearía mucho. Decido instalar un bauprés en la proa con el fin de equilibrar el puño de escota para que el genovés desarrolle sus posibilidades al máximo. Todavía tengo cuatro horas de luz. Voy a ver si me da tiempo de instalar el aparejo de la escota de mayor. En dos horas queda instalado, con lo que puedo poner la botavara con sus pertrechos (amantillo, escota, retenida, etc.). Ordeno todo y me dispongo para ir a hablar con un herrero, del que he oído hablar, y que dicen que es muy bueno. Creo que él me podría hacer una quilla adecuada al barco.

En pocos minutos llego a la herrería. Cuando entro el herrero está dando fuertes golpes a una plancha de hierro candente sobre un deteriorado yunque. Inmediatamente abandona su trabajo para atenderme. Le explico entonces el asunto que hasta allí me lleva y  me dice que puede hacerla. Quiero que la quilla esté formada por dos planchas de acero que formen un perfil hidrodinámico, y que el espacio que quede entre las planchas sea llenado de plomo. Calculo que en total todo llegará a pesar unos trescientos o trescientos cincuenta kilos, peso necesario para un mástil excesivamente alto y una superficie vélica también excesiva. Acordamos que mañana por la tarde vendré a recogerlo.

Una vez concluida esta visita y dado que todavía son las siete y veinticinco, decido acercarme a la carpintería, también cercana, y adquirir en dicho establecimiento el bauprés. Sin perder más tiempo me pongo en camino. Voy contemplando las bonitas casas y los bellos callejones que me rodean. A pesar de ser un estilo copiado, las viviendas forman un conjunto que bien se pudiera confundir con un pequeño pueblo de pescadores.

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Por el cada vez más fuerte olor a madera me doy cuenta de que me voy acercando. Según las instrucciones que en la herrería me dieron, al doblar la próxima bocacalle tengo que ver el taller. Cierto es. Cuando doy la vuelta a la esquina aparece ante mí una gran puerta de color verde en la que hay escrita con grandes letras negras la palabra “carpintería”. Paso al interior del local y sorteando los grandes montones de madera consigo llegar a una especie de cuartillo que supongo será la oficina del establecimiento. En efecto. Hay un hombre incorporado sobre su mesa de escribir. Parece muy ocupado por sus quehaceres. Le pongo una mano en el hombro e inmediatamente se da la vuelta. Le doy las características del objeto que quiero que me hagan y él mismo se presta a hacérmelo.

Para ello coge una estaca cuadrada de unos diez centímetros de lado y algo más de un metro de longitud y la introduce dentro de una máquina que, mediante un hábil manejo por parte del empleado, transforma la madera en un bauprés de la mejor calidad. Pago el importe y me dirijo a una ferretería que se encuentra en la acera de enfrente.

Cruzo la calle y al empujar la puerta de la tienda suena un timbre. Rápidamente sale de la trastienda un empleado para atenderme. Le pregunto si tiene barniz protector anti-humedad y algo que pueda sujetar el bauprés a la cubierta del barco. El dependiente hace un gesto afirmativo con la cabeza y de nuevo pasa a la trastienda. Al cabo de un par de minutos vuelve con un bote de barniz y una especie de puente de hierro bastante grueso, por cierto. A pesar del grosor lo considero insuficiente para el peso que va a tener que soportar, por lo que le pido otro más, ya que con los dos las posibilidades de rotura son menores y también se evita el riesgo de que el bauprés pueda torcerse hacia una u otra banda. También pido un metro y medio de cadena de acero inoxidable para ponerlo de barboquejo.

Una vez finalizadas todas las compras regreso al barco. Hoy ya no me da tiempo a instalar el bauprés, pero lo haré mañana a primera hora.

Cuando llego paso a bordo y dejo en uno de los cofres de la cama los objetos hoy adquiridos. Rápidamente hago la cena, que hoy consiste en un huevo frito con un poco de lechuga y un gran vaso de leche. Me acuesto y pienso que mañana va a ser un día muy duro, pues voy a tener que sacar el barco del agua con una grúa que me pareció ver que se alquilaba, y después instalar la quilla en el casco del «NAVEGANTE». Va a ser ligeramente complicado. Sin pensarlo más en poco tiempo me duermo.

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