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Rumbo Leste – Capítulo 8

Rumbo Leste – Capítulo 8

Alberto Muñoz Amor

¡Aviso a navegantes!: Este es uno de los capítulos de la novela escrita por nuestro amigo Alberto Muñoz Amor, una aventura de mar escrita a sus 15 años de edad. Empieza con el capítulo 1 aquí.

Capítulo octavo

En la mañana siguiente el cielo aparece encapotado. A las nueve suena el despertador y antes de que acabe el zumbido me incorporo. Me asomo a la ventanilla y observo el panorama. Desayuno en caliente y me visto. Voy a ver como está el mar fuera del puerto. Salgo del camarote y cierro la puerta. Me subo al techo y me doy cuenta de que para ver mar abierto tengo que llegar hasta el rompeolas. Corre una ligera brisa que, sumada a la ausencia de sol, produce un húmedo frío. Paso al interior, recojo la cama y ordeno un poco la cabina. Al salir abro el armario ropero y extraigo de él un jersey. Me temo que me va a hacer falta. Tengo, para ir al rompeolas, dos alternativas: ir a pié, que me puede llevar media hora, o ir en barco. Opto por lo segundo.
Pruebo a arrancar el motor en punto muerto. No lo consigo, está muy frío. Abro el aire y lo intento de nuevo. Sólo después de un montón de tirones consigo que se ponga en marcha. Una vez arrancado voy a proa y quito la amarra. Hago lo mismo en popa y bajo la palanca de cambios, comenzando el barco a moverse.

Cuando llevo un rato andando quito el aire y el motor cobra velocidad. Pienso que ya estará suficientemente caliente y bajo el acelerador a tope. Al principio ratea un poco pero pasado un corto espacio de tiempo el barco alcanza su velocidad máxima.
A medida que me acerco al espigón las olas van suavemente aumentando de tamaño. Espero que fuera no esté muy mal el tema.
Al doblar el rompeolas puedo observar que las olas, aunque no muy grandes, muestran amenazadoramente sus crestas. Pienso que puede ser peligroso, aunque si durante el trayecto hubiera alguna playa donde fuera posible atracar en caso de emergencia, la cosa cambiaría. Condeno el timón y paso al interior a comprobarlo en la carta marina. Al entrar y salir procuro siempre dejar la puerta cerrada para mantener el poco calor que dentro pueda existir, por lo que observo un cambio de temperatura en el cuerpo. Bajo la mesa y extiendo la carta. Veo que hay tres pequeños puertos y un gran número de playas adecuadas para una varada de emergencia.

Sin más preámbulos inicio pues el primero de los ciento veinte mal contados días de navegación. Pongo rumbo SO y comienzo la travesía. A medida que voy saliendo del puerto las olas van aumentando su tamaño de una manera considerable. Esto reduce bastante la marcha del barco y, probablemente tenga que pasar la noche en uno de los puertos de camino. Aunque no obstante confío llegar a Puerto Banús.

as rociadas son cada vez mayores y más frecuentes, por lo que decido, antes de ponerme perdido, entrar y ponerme un anorak amarillo que traje con la demás ropa el día que fui a recogerla. Mientras el «NAVEGANTE» cabalga sobre las olas apenas sin inmutarse, cortando limpiamente con su afilada roda los muros de agua que sobre él se ciernen.
Tres horas de ajetreada navegación transcurren hasta que avisto sobre el lomo de una ola el primer puerto. Decido no parar, pues veo que el «NAVEGANTE» soporta fenomenalmente el temporal. Cazo el timón y paso al interior. Está ligeramente alborotado. Observo los posibles sitios por donde pueda pasar el agua. Están todos completamente secos, a pesar de estar  la cubierta casi inundada. Cuando salgo veo que ha empezado a llover. Me subo la capucha. Afortunadamente el anorak que llevo puesto es de plástico, ya que de lo contrario ahora mismo con los rociones y la lluvia estaría hecho una sopa. Cada vez llueve más fuerte. Las olas  pasan por encima de la cubierta muy frecuentemente. Se está poniendo peligroso. Si continúa así tendré que hacer escala en Puerto Príncipe, cosa que no me agradaría mucho, puesto que representa una pérdida de tiempo.

Hacia las dos de la tarde parece que el temporal amaina un poco. Cazo el timón y paso a la cabina. Intento comer un poco. Tiene que ser en frío, pues ahora no es posible cocinar en el fuego. Mientras saboreo un delicioso aperitivo, algo mojado, me tumbo en la cama y procuro descansar un poco. Calculo que ahora estaré frente al segundo puerto. Tras permanecer en la cama un breve instante salgo y miro la costa. El segundo puerto ha quedado bastante atrás y se divisa por la proa el tercero. He navegado bastante más de lo que imaginaba. El temporal va en detrimento. Las olas son cada vez menores, aunque la lluvia cae con la misma fuerza. Ahora en raras ocasiones las olas pasan por encima del «NAVEGANTE», lo que hace que su marcha se vea menos forzada aumentando por tanto su velocidad.

Son ya las cinco de la tarde. El tercer puerto ha quedado atrás hace tiempo. La mar está casi en calma y todavía sigue lloviendo aunque, eso sí, bastante menos que antes.
Según mis cálculos Puerto Banús tiene que aparecer en la costa de un momento a otro. En efecto, al cabo de dos minutos más o menos aparece el morro del puerto medio escondido por los edificios. Creo que tardaré en llegar entre una hora y cuarto o y media. Pongo rumbo al puerto y cazo el timón. Por fin puedo permanecer un rato tranquilo en el interior. No he comido desde esta mañana más que un pequeño aperitivo, ligeramente mojado. Pienso que si ahora como, todo el horario de comidas se va a alterar, por lo que decido esperar y cenar en el puerto tranquilamente.

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A las siete de la tarde entro en el puerto. Poco a poco reduzco velocidad y busco un puesto de atraque. Me es difícil y sólo al cabo de muchas vueltas encuentro uno. Este se haya entre dos grandes veleros, a babor un queche de unos catorce metros y a estribor una goleta de unos veinte aproximadamente. No puedo menos que mirarlos con la boca abierta, pues mi barco se queda reducido a nada entre las dos grandes embarcaciones. Realmente el tipo de navegación que a mí más me gusta es la vela. Recuerdo que en el primer barco de vela que tuvimos, el “AVANTE”, pasé yo los mejores momentos de mi vida, navegando de un extremo a otro del pantano de Entrepeñas. Al Avante le sucedieron tres veleros más. El próximo barco me gustaría que fuese una pequeña embarcación de unos seis metros de eslora y que vaya equipada con un camarote ya un poco mayor que este.

Antes de cenar arreglo los trámites necesarios para permanecer esta noche en el puerto. En el camino de vuelta paso frente al escaparate de una tienda de efectos navales y veo que junto a este hay un tablón de anuncios. Por curiosidad me acerco y los ojeo un poco. Uno llama especialmente mi atención. Dice así: “Vendo aparejo de vela para crucero de cinco o seis metros. Incluido mástil, jarcia firma, jarcia de labor, mayor, foque, tormentín, génova, espinaquer y tangón”. Nunca había visto un anuncio como este. Sin entretenerme más continúo la vuelta al barco.
Cuando llego lo primero que hago es cocinarme una copiosa cena, que remato con una tableta de chocolate. Me dispongo a dormir y una vez acostado recapacito sobre la jornada. Creo que durante el temporal de hoy el barco ha estado en su punto máximo de resistencia, pasándole continuamente las olas por encima y siendo por lo tanto muy azotado, aunque eso no se sabrá hasta que se pase por otro temporal más grande que este. Por un momento me pasa por la imaginación una descabellada idea. ¿Y si acoplara el aparejo de vela al «NAVEGANTE»…?. No, no creo que fuera posible…

Al rato me vuelve de nuevo a la cabeza. Me incorporo y sobre la mesa garabateo un dibujo que representa al «NAVEGANTE» con todo el aparejo ya instalado. Queda fenómeno. Sólo hay un problema: la quilla. Tendría -en el caso de que lo instalase- que mandar hacer una a la medida del barco, lo que representaría ya un gasto bastante grande. Pienso entonces que si el presupuesto que tengo para gasolina fuera superior al gasto que supondría comprar el aparejo y la quilla, podría ser factible la adquisición.
Rápidamente me pongo a hacer cuentas y veo que el presupuesto de la gasolina es bastante superior al que he calculado para el aparejo.
Estoy decidido. Mañana compraré ese aparejo. Son ya las cuatro de la mañana cuando me acuesto y una hora después consigo conciliar sueño.

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