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Rumbo Leste – Capítulo 7

Rumbo Leste – Capítulo 7

Alberto Muñoz Amor

¡Aviso a navegantes!: Este es uno de los capítulos de la novela escrita por nuestro amigo Alberto Muñoz Amor, una aventura de mar escrita a sus 15 años de edad. Empieza con el capítulo 1 aquí.

Capítulo Séptimo

Cuando despierto son las seis de la tarde. Ya estoy cerca de Málaga. El barco se ha desviado bastante. Voy casi hacia la costa. Al ir a corregir el rumbo veo que se ha soltado el nudo de una de las abrazaderas de cuerda del timón. Tendré que poner más cuidado al hacerlas. Todavía medio atontado por la siesta paso a la cabina y me hago un café Recojo la cama y salgo de nuevo. Miro hacia la proa y  medio escondidos por la bruma consigo vislumbrar los Montes de Málaga. En estos momentos estoy frente a Torre del Mar. Suelto el “gobierno automático” y empuño la rueda. Varío un poco el rumbo y me acerco a la costa. Está llena de turistas. Odio a los turistas, aunque reconozco que son una gran fuente de ingresos para el país.

Poco a poco me voy alejando de la costa y cuando estoy bastante distante de ella pongo proa a los inmensos montes que ahora presentan una maravillosa vista. Sujeto el timón y voy a la proa. Me siento allí y me quedo mirando hacia Málaga. Tras permanecer largo rato en esta posición “despierto” y miro el reloj. Son las siete y media. El tiempo pasa volando. Creo que llegaré de día, pues calculo que llegaré a puerto en dos o tres horas.

De repente el motor se para. Me quedo un poco asustado, pues si en este momento se estropea, me va a dejar en un buen apuro. Me doy cuenta de que es la gasolina. La bomba que la impulsa desde el depósito de la bañera hasta el carburador ha fallado. Espero que sólo sea un problema del filtro. Lo miro y lo encuentro lleno de arena. Creo que he tenido suerte. Lo limpio minuciosamente y lo monto. Paso al camarote y saco de uno de los cofres la cuerda para arrancarlo. Espero que funcione. La enrollo y tiro. Hace ademán de arrancar pero se para. Pruebo otra vez y pasa lo mismo. Cebo el carburador y vuelvo a intentarlo. Por fin ha arrancado y poco a poco va tomando su marcha normal. Me ha dado un buen susto.

Son ya las ocho. He perdido un tiempo precioso. Hay que recuperarlo. Bajo el acelerador hasta el tope y el barco experimenta un notable aumento de la velocidad. Tras dos tranquilas horas de navegación me doy cuenta de que no puedo presentarme en la casa de los Delgado así por las buenas. Tengo que, de alguna manera, dar aviso de que llego. Pienso que cuando me halle a la altura del Club Náutico “El Candado”, mediante la emisora puedo ponerme en contacto con alguien que se encuentre en tierra y que haga la llamada por mí. El club se haya a unos trescientos metros de donde ahora me encuentro y a dos o tres de Málaga. Paso al interior y enciendo el aparato. Busco el canal del club y en seguida me pongo en contacto con un barco que se halla fondeado en él. Le expongo el motivo de mi comunicación y se compromete a hacer la llamada. Tras darle el número de teléfono y el mensaje me despido de él.

El sol ya se ha escondido tras las altas montañas malagueñas y la ciudad a estas horas ofrece una estupenda panorámica. Como manda el reglamento de embarcaciones deportivas enciendo con la puesta de sol las luces de posición. Continuo navegando, ahora frente a la playa de “Los Baños del Carmen”, rumbo a Málaga. Cuando entro en el puerto ya es de noche. Me dirijo a “pesquerías”, parte del puerto donde atracan las embarcaciones de pesca y deportivas. A medida que me voy acercando al dique puedo distinguir, a la luz de la luna, a mi hermana Gema y a los demás componentes de la familia Delgado. Reduzco la marcha y con un giro de timón me pongo paralelo al muro de cemento. Pongo el motor en punto muerto y paso a proa para largar un cabo a mi hermana para que lo ate a un noray.

Paro el motor y salto a tierra. Con gran alegría abrazo a mi hermana Gema y saludo a cada uno de los asistentes. Me invitan a pasar la noche en su casa y acepto encantado. Preparo el barco y todos partimos hacia “Villa Ficus”, que es el edificio donde viven los Delgado.

De interés para este relato sólo puedo decir que pasé una de mis mejores noches.

El día siguiente tampoco tiene ninguna importancia para este escrito, excepto que adquirí en una tienda de efectos navales localizada en el “Paseo de la Farola” un compás de exterior, un compás invertido y un pequeño reloj despertador de pared y unos protectores para las luces de posición.

Ya por la tarde vuelvo al barco e instalo los objetos adquiridos. El compás invertido lo coloco en el techo sobre la cama a la altura de la cabeza, y el despertador en el costado de estribor, con el fin de que durante una siesta, por ejemplo, pueda revisar cada media hora el rumbo sin necesidad de levantarme. Coloco sobre las luces de navegación los respectivos protectores e instalo el compás al lado del timón.

Cuando he acabado estas faenas paso al interior y sobre la mesa extiendo una carta marina de Málaga y sus costas contiguas. Ha llegado el momento de elegir la ruta que voy a llevar, este u oeste.

Tras darle mil y una vueltas llego a la conclusión de que es mejor ir hacia el oeste, haciendo escala en Puerto Banús, Puerto de Santa María, etc, hasta llegar a Lisboa. Como voy a tener que pasar la frontera reviso todos mis papeles y los del barco. Creo que están en orden.

Trazo sobre la carta una línea que indica la ruta que voy a seguir y las escalas que voy a hacer, que corresponden a una cada día. Para mañana tengo pensado llegar al Puerto José Banús y allí pasar la noche. La noche ha caído. Ya apenas se ve en el interior. Enciendo la luz y continúo haciendo cálculos. Averiguo el total de gasolina y alimentos que voy a consumir. Con este dato, dividiéndolo entre los días que va a durar la travesía, hayo el gasto medio diario. Es menos de lo que yo pensaba.

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Son ya las nueve. Recojo todas las cartas y los papeles y comienzo a hacer la cena. Hoy, para variar, va a consistir en un huevo cocido y un poco de jamón. Cuando finalizo la cena friego los útiles de cocina y me tumbo en la cama. Apago la luz para ahorrar energía. Por fin mañana voy a iniciar de una vez la gran travesía de toda mi vida.

No puedo estar quieto. Tengo que moverme. Decido dar una vuelta por el puerto. Al salir cierro la puerta con llave, aunque pienso que nadie va a venir de noche a robar barcos. Bueno, no importa. Así aún en el supuesto de que vengan no se llevarán el barco.

Salto a tierra y camino hacia la salida del puerto. Al pasar la gran

verja me encuentro delante un bello espectáculo: la “Plaza del Puerto”, con su típico ambiente nocturno.

Comienzo a caminar por el “Paseo de la Alameda” y en un momento llego al principio del paseo marítimo. Desde allí se dominan las dos partes de la ciudad: a estribor toda la zona de el puerto, y a lo lejos, Torremolinos. A babor la parte de “El Palo”.

Me parece que me he alejado demasiado. Comienzo a caminar de regreso. Cuando llego al barco lo abro y paso al interior. No enciendo la luz. Ahora no hace falta. A tientas me pongo el pijama y me tumbo. Al principio no me puedo dormir, pero tras un largo periodo de tiempo pensando en el futuro concilio un profundo sueño.

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