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Rumbo Leste – Capítulo 6

Rumbo Leste – Capítulo 6

Alberto Muñoz Amor

¡Aviso a navegantes!: Este es uno de los capítulos de la novela escrita por nuestro amigo Alberto Muñoz Amor, una aventura de mar escrita a sus 15 años de edad. Empieza con el capítulo 1 aquí.

Capítulo sexto

Al día siguiente me despierto bastante tarde. Anoche me dormí tarde y cansado. Hoy voy a dedicar el día a preparar el barco para la larga travesía. Desayuno y lo primero que hago es pasar la gasolina del bidón que ayer compré al depósito del barco, ya que tener el bidón por ahí dando vueltas puede resultar incluso peligroso.

A continuación saco de uno de los cofres de la cama la caja de herramientas y comienzo a llevar a cabo el diseño ayer ideado para sistema de dirección, para lo cual con una sierra, en la pared de popa en la banda de estribor, hago un agujero del tamaño de uno de los rodamientos, y paso el eje del timón por él de forma que el cable de acero quede por dentro del camarote. Luego coloco en el suelo unas poleas que llevan cada extremo del cable hasta los costados, y allí mediante otras poleas los cables son dirigidos hasta el espejo de popa. Una vez en éste ya es fácil acabar la instalación: con otras dos poleas se suben hasta la altura de la caña del motor y ya, con el último par de poleas se cambia la dirección del cable noventa grados uniéndose los dos extremos en la caña del motor. Lo pruebo y compruebo que funciona. Hago lo mismo con el acelerador, aunque con éste, el sistema resulta menos complicado.

El nuevo acelerador consiste en una palanca instalada al lado de la rueda del timón que, según se suba o se baje, aumente o disminuya la velocidad del barco. Poco a poco voy corrigiendo detalles y ultimando pequeñeces. Me acuerdo entonces de que ayer con la ropa cogí un cuadro de un barco que había pintado hace años. Abro el cajón y lo saco. Con un pequeño clavo lo cuelgo en la pared. Parece que favorece mucho el interior. Cuando doy por finalizado el trabajo es la hora de comer. Hoy no me apetece comida caliente, por lo que me hago un bocadillo.

Hay algo que me falta y de lo que no me he dado cuenta hasta este momento a pesar de su importancia y es el agua. Tengo que hacerme mañana con un depósito que tenga como mínimo diez litros. Como iré a comer a casa de mis abuelos les pediré uno de los depósitos que utilizan para almacenar agua que van provistos de un grifo en la tapa. Así podré adaptarlo sobre uno de los armarios y ponerle un sistema de sujeción que me permita sacarlo y meterlo a mi voluntad según quiera llenarlo o vaciarlo.

Pienso que el barco ahora está preparado para la gran travesía. Tumbado en la cama voy revisando todo mentalmente. Me doy cuenta de que me faltan los cubiertos y un vaso. Con las prisas no me he acordado y por no subir otra vez hasta la ferretería me acerco a un merendero que hay a unos metros del barco donde adquiero por un moderado precio unos cubiertos y un vaso.

Hacia las cinco más o menos me pongo a hacer un profundo agujero donde introduzco el muerto para no entorpecer el paso de los barcos. En pocos minutos finalizo esta operación.

Entro en el interior y me tumbo. Apenas llevo cinco minutos y entra mi hermana. Me saluda y me comunica que mañana parte para Málaga ciudad. Yo le digo que probablemente haga escala en Málaga dentro de unos días. Acordamos -en el caso de que coincidiéramos en la ciudad- vernos. Charlando con mi hermana las horas pasan volando y cuando nos damos cuenta son ya las nueve. Me dice que no le importa quedarse hasta más tarde. Enciendo la luz y continuamos charlando. Hacia las once le ofrezco cena. Ella accede gustosa. Tomamos sopa caliente y unas salchichas. Hacia las doce decide marcharse. Me ofrezco para acompañarla hasta los apartamentos y ella me lo agradece. Por el camino le cuento lo que pienso hacer en esta travesía. Me dice que iría gustosa, pero que como ha quedado con esta familia le es completamente imposible.

Al llegar a los apartamentos subimos por una estrecha escalera hasta el tercer piso. Mi hermana abre la puerta y me encuentro allí a toda la familia Delgado. Al entrar me saludan y me ofrecen una taza de café. Mientras lo tomo charlo con ellos. Tras una agradable velada regreso al barco.

Abro la puerta y enciendo la luz. Recojo un poco el interior y me tumbo. Me echo la sábana por encima y en breves instantes me quedo dormido.

El día siguiente lo dedico por entero a despedir a familiares y amigos. Hacia las cinco regreso al barco. Traigo conmigo el bidón, un cuaderno y un bolígrafo, estos últimos para el cuaderno de bitácora, pues considero de suma importancia anotar todo lo que en un día acaece para que en el caso de un posible error en una singladura pueda ser corregido. Me acerco de nuevo al merendero y pido que me llenen el bidón. En un momento está listo. Lo llevo al barco y lo deposito sobre el armario de la mesa, pero con el grifo hacia la parte de proa. De forma que sentado pueda llenar perfectamente el vaso. Para sujetarlo utilizo un sistema bastante rudimentario: clavo dos alcayatas en la pared a ambos lados del bidón y las uno mediante una cuerda que rodea el depósito. Rudo pero eficaz.

Me siento en la cama y me hago un poco de nescafé. Nada me queda por hacer, sólo ahorrar horas de sueño porque me parece que me voy a tener que quedar muchas noches enteras al timón.

Me tumbo y en un rato me duermo. Cuatro horas después me levanto y miro el reloj. Son las nueve todavía.

Ceno y salgo a la playa. Es la última noche que paso en Nerja hasta el año que viene. Y no sé si quiero irme o por el contrario quedarme en este pueblo que tanto quiero. Pienso que tengo más oportunidades de venir a Nerja que de hacer una singladura de cuatro meses. Tras finalizar el último paseo nocturno en Nerja, regreso al barco.

Antes de entrar en el barco echo una mirada a mi alrededor despidiéndome de la bella imagen que presenta el pueblo sumido en la noche. No con poca tristeza entro en la cabina. Abro todas las cortinas. La tenue luz de la luna se filtra a través de las ventanas invadiendo la cabina de una azulada luz que da un aspecto tétrico. Tardo un poco en conciliar sueño, pues he dormido una larga siesta.

A las ocho de la mañana me despierto con la ayuda de un rayo de sol. Hoy es el gran día. Dentro de una hora parto para realizar el sueño de toda mi vida. Salgo y respiro algo de aire fresco. El cielo está de un azul que casi ciega. El sol, siempre por el este, está ahora en su apogeo. Giro la cabeza y miro al mar. Está en calma.

Entro y hago el desayuno. Este consiste simplemente en una taza de nescafé solo, y un par de galletas.

A las nueve menos cuarto comienzo a aflojar el torno que sujeta el barco. El «NAVEGANTE» empieza a bajar.

Muchas veces me he preguntado qué sentiría en este momento. Ahora ya lo sé. No siento nada. Tal vez sea porque ya lo he disfrutado muchas veces en mi imaginación.

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Pongo rumbo a Málaga y acelero sensiblemente. El «NAVEGANTE» no es un barco que corra mucho, dado que es de “desplazamiento”, barcos lentos pero potentes. Y a decir verdad para lo que yo pretendo hacer me ofrece más garantía un motor lento y seguro que no uno rápido y no inseguro, sino con más facilidad para averías.

En estos momentos paso frente al “Balcón de Europa”, nombre que recibió de Alfonso XIII en una visita realizada a la localidad. Es un mirador que antes fue una batería de Carabineros y que tiene unas espléndidas vistas al mar y a las costas contiguas a Nerja. Desde el gran mirador por el lado de babor puede verse hasta la Punta de la Mona y por el de estribor se llega a ver hasta el faro de Torrox. Hay días que se puede divisar Marruecos si las condiciones atmosféricas lo permiten.

Una vez acabada la pequeña instalación, fijo la rueda y paso al interior. Me tumbo en la cama y al momento me incorporo y corro la cortina de una ventana. En estos momentos estamos doblando la Punta de la Torrecilla y comienzo a atravesar el Playazo. Esta es una larguísima playa formada toda por grandes piedras que en los días de temporal chocan entre sí y producen un estruendoso ruido comparable sólo al de las máquinas demoledoras de piedra.

Ya atravesado el Playazo paso por un alto arrecife llamado “Cuesta de Macaca”, por donde cayó hace tres años un coche en el que iban cuatro conocidos, quedando tres de ellos completamente destrozados y el único que quedó vivo era el que iba al volante y que no tenía permiso de conducir quedó completamente traumatizado para todo lo que le queda de vida. Tras recordar este horrible episodio salgo para verificar rumbo. Se ha desviado un poco a estribor. No importa. Corrijo rumbo y vuelvo al interior. Me tumbo un rato y pienso hasta donde puedo llegar en los dos primeros meses. A razón de cincuenta kilómetros por día puedo llegar por el oeste hasta casi Lisboa, y por el este como mínimo hasta Valencia, teniendo en cuenta el gasto de gasolina y de comida. Me asomo por la ventana y me doy cuenta de que paso frente a una playa llamada Calaceite, donde se encuentra hundido un barco de nuestra guerra civil, el “DELFÍN”. Varias veces hemos estado aquí con el barco “LOS BOSNOI” para sumergirnos y poder ver los restos del carguero. Únicamente quedan las planchas de acero del casco y algo del puente, aunque resulta muy poco. Resulta muy interesante el aspecto que presenta tras tantos años de permanencia en estos fondos.

Salgo a vigilar el rumbo y veo que va perfecto. El faro de Torrox se encuentra a unas dos millas. Permanezco en cubierta vuelto hacia atrás mirando mi querida Nerja. Me doy la vuelta y calculo cuanto tiempo tardaré en doblar la punta. Veinte minutos. Puedo entrar y seguir tumbado, aunque pienso que es mejor quedarme en cubierta para despedirme mejor del pueblo, pues si me decido por el rumbo oeste no lo vuelvo a ver hasta el verano que viene. Al llegar al faro quito el “piloto automático” y empuño la rueda. Suavemente la voy girando hacia estribor y el barco perezosamente va virando. En pocos instantes Nerja queda tapada por la soberbia torre y después por los grandes edificios que tienen al lado. No con poca pena me doy la vuelta y miro al frente.

Son ya las doce. Pongo rumbo a Málaga y fijo el timón. Como hice un desayuno ligerísimo ahora tengo hambre y paso al interior para comer algo. Abro la despensa y lo primero que veo son las galletas. ¿Por qué no?. Cojo unas cuantas y cierro el armario. Salgo y me siento en la proa a comerlas. Están buenísimas, sobre todo cuando se toman con hambre. Tras este reconfortante inciso me siento en los bancos de popa. Voy mirando y disfrutando el paisaje. Veo un punto acercarse en el horizonte. Es sin duda un barco de pesca. Poco a poco ese punto se va haciendo más grande hasta tomar la forma de un pequeño buque. Es el primero que me encuentro en todo el día. Intercambiamos saludos. Decido pasar al interior y empezar a escribir el diario de a bordo, para lo que subo la mesa y comienzo a escribir: 

“Hoy, dos de septiembre de 1983, a las nueve horas de la mañana inicio mi primera travesía. El «NAVEGANTE» navega en estos momentos sobre las tranquilas aguas del mar de Alborán. A las una de la tarde a la altura de la desembocadura del río            diviso el primer barco de esta travesía”.

Ahora me encuentro frente al puerto de La Caleta. Estoy más o menos en el medio de la travesía. Hacia las dos corrijo el rumbo del barco y aprovecho para hacerme la comida, que consiste en una sopa de “Avecrem” con fideos y un poco de queso de segundo plato. Para postre un inmenso racimo de dulces uvas, que por cierto son regalo de un familiar. Tras acabar esta ligera comida que no ha durado más de un cuarto de hora, salgo a tomar el fresco. En estos momentos navego sobre una corriente de agua caliente, que reconozco por la diferencia de color con el resto del agua. Aprovechando la circunstancia cojo los platos sucios y en un momento los lavo. Puedo comprobar que el agua no está tan caliente como pensaba. Entro y los seco. Los coloco en su sitio y salgo de nuevo.

Hace casi seis horas que el motor trabaja sin descanso. Aunque va muy bien reduzco un poco la marcha para así dejar que vaya descansando. Corrijo el rumbo y me tumbo en la cama a dormir la siesta. En Málaga tengo que comprar dos compases y un despertador para despertarme, por ejemplo, cada media hora o cuarto de hora y corregir el rumbo.

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