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Rumbo Leste – Capítulo 3

Rumbo Leste – Capítulo 3

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Alberto Muñoz Amor

¡Aviso a navegantes!: Este es uno de los capítulos de la novela escrita por nuestro amigo Alberto Muñoz Amor, una aventura de mar escrita a sus 15 años de edad. Empieza con el Capítulo 1 aquí.

Capítulo tres

A la mañana siguiente, pocos instantes antes de irme, comunico a mi madre que me voy a quedar, de ahora en adelante, a dormir en el barco. Ella me dice que cuando vuelva por la noche me tendrá preparados un juego de sábanas y una manta que me haga de colchón. Al llegar a la playa abro el camarote y extraigo los botes de pintura blanca y una brocha grande nueva. En media hora ya tiene la primera mano. Paso entonces al interior y procedo a construir la cocina, que es simplemente un pequeño armarito sobre el que va fijada una cocina de campingas y en el interior del armario la bombona de gas. Es fácil su construcción. Una vez hago esto comienzo con la despensa, tardando en hacer esta tres cuartos de hora. Cuando acabo doy la segunda mano al casco. Queda perfecto. El contraste entre la madera y el color blanco me ha gustado desde siempre, dándoles a mis maquetas de barcos esos colores. Tras esta delicada operación empiezo a construir el mueble mesa-WC. Consiste en un armario de idénticas medidas que los otros y en el que su parte frontal al subirla saca automáticamente una pata convirtiéndose en mesa y que en su interior alberga un pequeño cajón con un orinal.

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Finalizado esto ya sólo quedan algunos pequeños detalles, pero eso sí, hay uno muy importante: el nombre que recibirá el barco. Tras mucho pensar me decido por “NAVEGANTE”, nombre que evoca recuerdos de mi juventud.

Ya son cerca de las ocho. Tengo que ir a casa a cenar y a recoger las sábanas. Antes de partir enderezo el barco, calzándolo con unas cuñas. De lo contrario voy a pasar muy mala noche. Al llegar a casa comunico mi intención de echar el barco al agua. Todos reciben la noticia con gran alegría. Ceno con la familia. Todos quieren ponerse en mi lugar, cosa que me enorgullece. Al acabar recojo las sábanas y una linterna. Parto hacia el barco. La emoción se ha hecho presa de mí. Conduzco muy deprisa. Ya se ve la playa. Paro en un recodo del camino. Con la ayuda de la luna puedo distinguir el “NAVEGANTE”. Arranco de nuevo y continúo el camino. Al llegar cojo las sábanas, la linterna y la manta. Reviso los calzos del barco. Está bastante sólido. Paso dentro. El interior está calentito. Extiendo la manta sobre la cama, quedando un poco más mullida. Pongo entonces las sábanas, me cambio y sin esperar más me acuesto. No puedo dormir. Pienso entonces que mañana voy a echar el barco al agua. Le doy vueltas y más vueltas. Intento buscar una razón para no hacerlo, pues me parece muy pronto. No puedo, no la hay. Después de esto decido que mañana lo estrenaré. Y a altas horas de la noche consigo conciliar sueño.

A la mañana siguiente me levanto muy temprano. La luz del naciente sol pasa a través de las pequeñas ventanas, iluminando tenuemente el interior. Me visto, hago la cama y salgo. Todavía hace bastante frío. Me doy antes de nada un largo paseo. Estoy nervioso. Tengo muchas ganas de echar el barco al agua, pero pienso que todo llega, más tarde o más pronto y eso me tranquiliza un poco. Al llegar al barco lo examino concienzudamente. Está perfecto.

Cojo el coche y me dirijo a casa. Al llegar me encuentro con toda la familia desperdigada por la casa. La reúno y propongo ir a Almuñecar. Mi madre entonces baja al supermercado y compra una botella de champagne para bautizar el barco y comida para seis. Partimos todos siendo las once de la mañana hacia la playa, parando antes en el taller a recoger el motor y a por gasolina, y después en una papelería compramos las letras adhesivas para poner en el casco el nombre del barco. Cuando llegamos aparcamos el coche y nos dirigimos al barco mi padre y yo. Ponemos el motor mientras mis hermanos pegan en el espejo de popa el nombre. Todo está a punto. Metemos el tanque de gasolina en la bañera y la comida en el interior. Poco apoco vamos bajando el barco a la playa. La mar está en calma. Tenemos pensado llegar a Almuñecar. Al llegar al rompeolas mi madre rompe la botella en la roda. Todos empezamos a aplaudir. Poco a poco el barco se desliza hasta introducirse en el agua. Mediante una pequeña pasarela – que luego dejamos en la playa- vamos pasando a bordo. A pesar del peso que soporta el barco, sigue con la misma estabilidad. Este momento lo he estado esperando durante mucho tiempo, y ahora estoy en él. Enrollo la cuerda en la cabeza del motor y tiro con fuerza. Se pone a andar. Nos vamos colocando cada uno en el sitio del barco donde estamos más cómodos.

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Mi padre va en el timón (que de momento es la caña del motor, pero que algún día será sustituido por una rueda instalada en la pared de popa del camarote, junto a un acelerador y una palanca de cambios). Mis hermanos pequeños están jugando en el interior del barco. Mi madre, junto a mi padre en la popa del barco y mi hermana Gema en la cubierta tomando el sol. Yo…, bueno, yo en todas partes, no haciendo más que pasear de un lado para otro. Pensamos que en lugar de ir por la zona de Almuñecar podríamos ir hacia el puerto de Vélez, zona a la que en muy escasas ocasiones hemos ido. Todos estamos de acuerdo. Y a la altura del barranco de Maro damos media vuelta.

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Estoy un poco en el camarote organizando todo lo que puedo y al salir veo por la popa lo que me parece una vulgar nube. No le doy importancia ninguna, pues carece de ella. Me pongo a charlar con mis padres, Les comento que en mi primera travesía voy a ir a Málaga, y que tal vez haga una visita a mi hermana que por esas fechas estará allí con los Delgado. Ellos se alegran mucho, aunque no están muy de acuerdo. Mi madre no hace más que repetirme que si instalase una emisora en el barco estaría más tranquila. Yo también lo considero de mucha necesidad y acuerdo instalarla al día siguiente, junto con el asta de la bandera, la cruceta y las barras de las cortinas. Ella me da ahora su consentimiento para futuras travesías.

Miro distraídamente para atrás y puedo observar que aquella blanca nube a la que antes no di ninguna importancia, se ha convertido en una gran masa gris que amenaza con mojarnos a todos. Claro, que afortunadamente tenemos el camarote. Secretamente pienso que esa nube va a ser algo más que un simple chaparrón, aunque dejo ese pensamiento arrinconado, ya que la mar, ahora con un tétrico color gris sigue en calma. Voy advirtiendo a cada uno de los componentes de la expedición que se meta en el camarote. Dudo que va a caer un fuerte diluvio. Poco a poco se van reuniendo en el interior.

Son ya las dos de la tarde. Acuerdo formar un turno con mi padre cuando empieza a llover. Ahora él está en el timón mientras yo converso en el interior, ahora hermético, con los demás componentes de mi familia. Están todos muy alegres, aunque tal vez un poco desilusionados por tan repentino cambio de tiempo. Me doy cuenta de que afuera las cosas se van poniendo muy feas. Me asomo por la ventanilla y veo que las olas han aumentado bastante. Mi madre en la cocina empieza a preparar una sopa que huele de maravilla. Me sirve a mí primero, pues ya es hora de salir a relevar a mi padre. Cuando salgo recibo una fuerte bofetada de viento. Mi padre está allí, resguardado como puede de las rociadas del agua, aunque ya está empapado. Antes de que entre charlamos un poco. Está admirado de las magníficas cualidades marineras del barco. Le comunico que como ya es imposible entrar en cualquier playa, voy a poner rumbo a la Caleta de Vélez. Mi padre se muestra conforme con la decisión. Se despide de mí deseándome buena navegación y se introduce en el interior. Cambio inmediatamente el rumbo. Las olas han aumentado notablemente. Los rociones de agua, impulsados por el viento me dejan completamente empapado. Comienza ahora a llover. Un día que prometía tanto y en lo que se ha quedado… Desde el interior se puede ver por medio de las dos ventanas circulares (ojos de buey), situadas a ambos lados de la puerta de acceso, la parte de popa. Veo entonces que mi hermana me saluda  y me sonríe con un poco de compasión. La situación empeora: las olas junto al viento aumentan notablemente y la lluvia cae cada vez con más fuerza. Afortunadamente el barco va dotado de unos grandes imbornales que permiten que toda el agua acumulada en la cubierta sea evacuada con gran fluidez. Las rompientes olas pasan por encima del barco de tal forma que tengo que asirme fuertemente al casco para evitar salir despedido por la borda.

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