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Rumbo Leste – Capítulo 11

Rumbo Leste – Capítulo 11

Alberto Muñoz Amor

Aviso a navegantes!: Este es uno de los capítulos de la novela escrita por nuestro amigo Alberto Muñoz Amor, una aventura de mar escrita a sus 15 años de edad. Empieza con el capítulo 1 aquí.

Capítulo once

En el momento en que el barco toca el agua me da un brinco el corazón. Estoy completamente emocionado. Rápidamente paso a bordo y quito las cinchas. Pruebo la estabilidad y veo que es fenomenal, casi excesiva, pero no importa, mejor. Hoy sólo queda una hora de sol y por lo tanto no puedo hacer una salida a vela. Tendré que conformarme con salir a motor. Rápidamente lo pongo en marcha que, por cierto, me cuesta bastante, y en un momento salgo del puerto deportivo. Este motor resulta ahora demasiado pesado. Tendré que venderlo y comprar otro más pequeño aunque, por supuesto eso sí, de la misma marca. A pesar de haber permanecido estos dos últimos días el cielo cubierto, ahora está completamente despejado y el sol luce agonizante. Cuando se oculta enciendo las luces de posición y continúo navegando hacia el este.

Marbella aparece ante mis ojos. Poco a poco la ciudad se va vistiendo de blanco, ese blanco tan bonito que se ve desde el mar y que se refleja tan bellamente en las ahora tranquilas y cristalinas aguas mediterráneas. El invierno se va adentrando y cada vez se va sintiendo más frío. Paso a la cabina y enciendo la luz. Ya no se ve nada. Abro el armario ropero y extraigo de él un jersey no muy gordo pero lo suficiente para mantenerme el cuerpo a una temperatura no excesivamente fría.

Ya es noche cerrada y debo volver al puerto. Doy media vuelta y ayudado por las luces de la costa y el compás consigo ver las balizas de la entrada al puerto. Pongo rumbo hacia ellas y acelero un poco la marcha del motor. Calculo que estaré allí en diez o quince minutos. Tengo que permanecer en la caña del timón porque ahora la rueda y todo su sistema no sirve para nada. Tendré que hacer otro invento para poder abandonar la caña, aunque sólo sea por poco tiempo, pues la vela no es como la motonáutica. Cualquier cambio un poco brusco de equilibrio puede variar sensiblemente el rumbo del barco.

Bastante antes de lo que pensaba monto las balizas del puerto. En un corto espacio de tiempo el «NAVEGANTE» queda amarrado en su puesto de atraque. Paro el motor y me introduzco en la cabina, por cierto muy alborotada. Como puedo hago la cena. Una vez acostado pienso que el Oeste no tiene ningún atractivo para mí, aunque eso sí, hay uno que tira mucho de mí y es el Atlántico. Poder navegar sólo primero por el Atlántico y tal vez después por el Cantábrico, poder doblar el temido cabo de Finisterre y recorrer todo el litoral norteño, Laredo, Castro, Bilbao… Pero no debo olvidar que tengo que atravesar todo Portugal, de Norte a Sur, y que mi barco no es embarcación para esas costas.

Con esto pues tomo la resolución de navegar hacia el Este en lugar de al Oeste. Mañana cogeré las provisiones y levaré anclas hacia la cuna del sol.

El día amanece cubierto y con unos nubarrones que parecen el mismo infierno. Parece que la suerte no me acompaña. Tras desayunar y poner un orden definitivo en el camarote procedo a desmontar la rueda del timón que ahora no tiene ningún sentido y a colgarlo dentro de la cabina como un objeto decorativo. Al acabar cierro rápidamente la cabina y salto a tierra. Me dirijo a un supermercado que se encuentra a unos metros del muelle. Media hora basta para acabar con el aprovisionamiento sólido. Ahora me falta el líquido aunque para este, con llenar de agua el depósito con el grifo del puesto de atraque basta. Aparte de los víveres he adquirido una botella de ron, pues lo considero muy importante para entonar un poco el cuerpo durante una tormenta o alguna circunstancia similar.

A las nueve horas el «NAVEGANTE» leva anclas con rumbo a Málaga y con hora estimada de llegada siete de la tarde. Voy a intentar salir a vela del puerto dado que tenemos un viento de fuerza dos más o menos. Saco la bolsa de la mayor y procedo a izarla. En breves instantes queda instalada pegando violentos bandazos con el viento. Hago lo mismo con el genovés. Rápidamente suelto las amarras y cazo la mayor hasta que deja de flamear. Inmediatamente el barco escora y comienza a andar. Cuando ya estoy en zona despejada cazo la escota del génova y el barco aumenta notablemente su velocidad. Está bastante bien equilibrado, y el timón responde muy fielmente. Doy la primera bordada. Al genovés le cuesta un poco de trabajo cambiar de amura, pero es cuestión de práctica. De nuevo escora y comienza a caminar de golpe. Casi me tira hacia atrás. Parece que tiene mucha arrancada. Al poco tiempo de navegación advierto que el barco es muy ardiente, cosa muy buena.

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Siete minutos de navegación han bastado para recorrer el largo camino de salida del puerto. Cuando salgo a mar abierta me doy cuenta de que la jarcia no está suficientemente tensa. Pongo el  barco al pairo y procedo a ir apretando cada uno de los tensores con los que va provista. Parece que ahora va bastante mejor. Pongo rumbo al este y me siento a disfrutar de la navegación. En las horas muertas que la mañana me brinda aprovecho para inventar el sistema de cazar la caña. Realizar el diseño no me lleva mucho tiempo, pero llevarlo a la práctica es bastante dificultoso. Cuando creo que está listo hago una prueba. Parece que funciona. Aprovechando el nuevo artilugio paso al interior y en un instante me hago una suculenta comida consistente en mi sopa de cada día y hoy, por ser el primer día de travesía seria un bote de arroz con leche. Salgo fuera para disfrutar del apetitoso manjar. Llevo ya cuatro horas de navegación y en este momento paso frente a Fuengirola. Llevo una velocidad notable, por lo menos tres nudos. Si esto sigue así voy a llegar a Málaga bastante antes de lo previsto.

Surge ahora en mí una idea: si pusiera rumbo a Nerja ahora directamente probablemente llegaría sobre las cinco o las seis de la mañana. Así no tendría que tomarme la molestia de fondear esta noche en el puerto de Málaga.

Sin pensarlo más entro en la cabina, bastante alborotada, por cierto, y sobre la mesa extiendo la carta de esta zona. Tomo rumbo: 060º este, y calculo la hora de llegada, cinco y media o seis. Salgo, pongo a rumbo el barco y regulo las velas. El viento viene del sur y el «NAVEGANTE» va navegando amurado a babor, a un largo. Observo que la botavara se eleva demasiado. Corrijo pues la retenida. El cielo está despejado. Creo que en esta ocasión va a estar a mi favor. Poco a poco la tierra se va alejando, pues la dirección que he tomado es la hipotenusa de un triángulo cuyos vértices son Benalmádena, Málaga y Nerja. La longitud máxima de separación con tierra durante esta singladura va a ser de seis milla y media aproximadamente, unos diez kilómetros. Tengo que inventar pronto un sistema de gobierno automático que me permita descansar un par de horas antes de que empiece la noche.

Este es muy sencillo. Consiste en pasar la escota del genovés por una polea a babor, que la manda a otra en estribor, y que esta dirija la escota hacia la caña del timón, donde será atada. Para contrarrestar el tiro de la escota, ato también la caña con un cordón elástico que va sujeto a la borda de babor y que, convenientemente estirado, hace que el barco conserve su rumbo. La explicación del funcionamiento del sistema es bien sencilla. Si por cualquier circunstancia el barco se abre al viento el genovés portará más, lo que hará que la escota aumente su tensión y provocará un pequeño giro de la caña hacia babor, y que durará hasta que el barco recupere la situación normal. Lo mismo pasaría si el barco ciñese. Se girará hacia el viento, sólo que la caña del timón en lugar de desplazarse hacia babor, lo haría hacia estribor, por lo que el barco arribaría hasta volver de nuevo a su rumbo.

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