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Rumbo Leste – Capítulo 10

Rumbo Leste – Capítulo 10

Alberto Muñoz Amor

Aviso a navegantes!: Este es uno de los capítulos de la novela escrita por nuestro amigo Alberto Muñoz Amor, una aventura de mar escrita a sus 15 años de edad. Empieza con el capítulo 1 aquí.

Capítulo décimo

El día siguiente amanece encapotado. Tan pronto acabo el desayuno ordeno todo y me pongo a trabajar en el bauprés. Hago todo lo posible para que quede muy firme. Creo que lo he conseguido. Para comprobarlo tiro de él hacia arriba con todas mis fuerzas hasta hacerme daño en la espalda. No se mueve nada. Queda muy sólido.

Le doy una mano de barniz protector y mientras se seca voy poniendo el punto de sujeción del barboquejo al casco.

Tengo que hacer un taladro a la roda e introducir por él el pasador de un grillete. Este sujetará el barboquejo. Resulta un poco difícil, pero al final consigo mi objetivo. Cuando acabo la primera mano de barniz está seca y procedo a aplicar la segunda.

Poco antes de acabar oigo que el motor auxiliar del queche que tengo a mi lado se pone en marcha. Uno de los tripulantes de la embarcación suelta la amarra de proa mientras otro hace lo mismo con la de popa. En pocos minutos el barco se pierde entre la gran cantidad de embarcaciones atracadas en el club náutico.

Una vez acabada la mano de barniz pongo orden en el barco y me pongo en camino hacia la grúa. Leo el cartel que en ella está colgado y que dice así: “Interesados preguntar en el astillero”. Sin pensarlo más me pongo en camino hacia el lugar indicado. Antes de entrar en el citado lugar tengo que pasar por un control. Supongo que será suficiente con enseñar mi carné de identidad y explicar el fin de mi visita.

Cuando llego a la cabina llamo a la puerta. Un empleado me abre y me invita a pasar. Le explico el motivo que me ha llevado hasta allí y él hace una afirmación con la cabeza. Me invita a sentarme y mientras permanezco sentado hace una llamada telefónica. Cuando cuelga me sonríe y me dice que espere un momento, que ahora mismo vienen a atenderme.

Al cabo de dos o tres minutos un hombre de mediana estatura y con una prominente musculatura entra en el pequeño chamizo y pregunta al guarda si soy yo el que requiere los servicios de la grúa. El guarda responde afirmativamente y yo me levanto.

Antes de salir de la cabina el hombre me pregunta cual es el tipo de embarcación que hay que elevar, cual es su desplazamiento, etc. Cuando acabo de darle las explicaciones pertinentes él coge una maleta de tamaño mediano y comenzamos a andar, él con destino a su grúa y yo hacia el «NAVEGANTE» para llevarlo al lugar donde ésta se encuentra emplazada.

Subo al barco y arranco el motor. Suelto amarras e inmediatamente comienzo a andar. Se aprecia una notable inestabilidad pero se va a eliminar cuando la quilla esté en su sitio. En un corto tiempo de navegación llego donde se encuentra la grúa. Allí está esperándome el hombre, que ya ha preparado las cinchas que va a pasar por debajo del caso para izarlo a tierra. Pongo en punto muerto el motor y largo una estacha a tierra, que es recogida por el encargado de la grúa. En un momento hace un habilidoso nudo en un noray, que yo tardaría mucho tiempo en hacer. Cuando paro el motor el empleado sube a bordo. Coloca la maleta en la cabina y saca de ella otras dos cinchas y un grueso alambre. Me retiro de la popa para darle mayor libertad de movimientos. Lo primero que hace es desenrollar el alambre y darle la forma que tiene el barco por su obra viva. Seguidamente ata a un extremo del cable un lado de la cincha. Introduce el alambre en el agua a la altura de la cabina y lo saca por la otra banda. Tira y aparece el extremo de la cincha que anteriormente había sacado,  uniéndola mediante un mosquetón al otro extremo. A continuación hace lo mismo con la cincha de proa y une las dos partes con otro mosquetón. Rápidamente salta a tierra y se dirige hacia la grúa. Saca una llave del bolsillo y abre un pequeño armarito donde sin duda se hallan los mandos del aparato. Acciona un botón y el garfio baja hasta la altura del barco. Me pide que introduzca con mucho cuidado los mosquetones en el garfio y así lo hago. Le pregunto si debo salir yo y me dice que no es necesario, que es casi mejor que permanezca a bordo para evitar que el barco se golpee contra el muelle. Tras haber accionado otro botón del aparato el barco y yo comenzamos a subir lentamente. Cuando el barco ha subido a la altura que yo había especificado sobre el nivel del muelle, para la grúa y dando a otro botón, el gran brazo del artefacto comienza a girar hasta que el barco se encuentra sobre tierra. Cierra de nuevo el armarito y echa la llave y me dice que ahora mismo llega con un calzo para reposar el barco. Mientras va a recogerlo bajo a tierra y examino la obra viva de la embarcación.

Son las once de la mañana cuando el encargado de la grúa regresa con el calzo. Es un servicio muy eficiente. Tan sólo ha tardado tres minutos y medio en traer el calzo. Este consiste en una armadura de hierro que va montada sobre ruedas y que en su interior tiene dos cuadernas sobre las que reposa el casco y que tiene en uno de los costados una escalera de altura regulable para poder acceder al barco. Colocamos entre los dos el pesado calzo bajo el barco y tras abrir el armarito de la grúa baja la embarcación hasta que queda reposando sobre la estática estructura de hierros.

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Una vez está el barco sólidamente asentado procede a retirar las cinchas. Tras haber finalizado esta tarea me comunica que a las nueve de la noche estará aquí para volver a bajar la embarcación al agua.

Con mucho esfuerzo consigo desplazar un poco el barco hacia el interior del muelle y como no tengo nada que hacer me acerco a la herrería para ver como va mi quilla.

Cuando llego al local paso y veo las dos partes de esta apoyadas en la pared Tienen las dos justo la forma que había pedido.

Uno de los empleados, ataviado con ropa de soldadura las pone sobre un carrito y las lleva a un cuarto que hay contiguo a la gran sala donde yo estoy en estos momentos. Me asomo a la puerta y veo como, mediante un polipasto, colocan una plancha sobre la otra y proceden a soldarlas. Como yo había especificado, el empleado pone gran cuidado al realizar esta soldadura, pues si no queda lo suficientemente seguro, puede ocurrir un desastre. En poco tiempo la soldadura está realizada. Tras verter un cubo de agua sobre la candente quilla y, con  ayuda del polipasto, el empleado la coloca de nuevo sobre el carro y procede a pesarla. Marca ciento veinticinco kilogramos. Tiene que pesar trescientos porque el mástil, y en general la superficie vélica es excesivamente grande para el barco y su centro de gravedad está demasiado alto. El poner peso en el casco hace que este baje y sea estable.

Para cubrir el déficit de peso el empleado funde una gran cantidad de plomo que vierte entre parte y parte de la quilla hasta llegar a los trescientos kilogramos exactos. Supongo que ahora debe estar la quilla a una temperatura elevadísima. El empleado la coloca de nuevo en el carro y la lleva junto a una gran pila que contiene agua y mediante otro polipasto allí instalado la eleva y la introduce en ella. Una densa nube de vapor de agua cubre por completo el enorme pilón y cuando se retira veo con gran asombro que el agua está hirviendo. El hombre saca de nuevo la quilla y la coloca sobre el carro. Va todavía desprendiendo vapor por todas partes. Conduce el carro hasta una especie de ducha, donde oprime un botón y empiezan a salir chorros de agua de distintas direcciones apuntando cada uno a una parte de la quilla. En breves instantes deja de salir definitivamente vapor de agua. Una vez bien seca proceden a quitar las rebabas de la soldadura mediante un aparato que debe ser una potente lima mecánica. Cuando el empleado ha sometida a la quilla a este proceso, queda con un filo tan perfecto que se diría ha sido hecho a mano. Sólo falta unirle el sistema para fijarla al casco mediante una pequeña soldadura. En un abrir y cerrar de ojos queda terminada. Felicito al empleado que la ha hecho y abono el importe del trabajo. Va incluido en el precio el transporte del objeto fabricado -siempre que no se sobrepasen los trescientos kilogramos-, al lugar donde se desee en un radio de sesenta kilómetros. Tras cargarla en una furgoneta el empleado y yo nos trasladamos al muelle. Con la ayuda de un viandante y el empleado consigo dejarla apuntalada en poco tiempo. Ahora tengo que dejarla bien fija al casco. Tardo casi tres horas en colocarla. Queda tan resistente que no creo que se rompiese aunque el barco se cayera de donde en estos momentos se encuentra. Antes de ponerme a pintar hago un inciso para comer. Cuando acabo busco en uno de los cofres de la cama la pintura blanca y una brocha grande. Bajo del barco y comienzo a aplicar la primera mano. La segunda tiene que estar seca antes de las nueve. Así pues tengo que darme buena prisa. Mientras la primera mano de pintura se seca voy a la tienda de náutica y pregunto donde puedo encontrar un timón para el barco. Ellos me dicen que tienen uno de “Geisha”. Me lo enseñan y veo que se puede instalar en el «NAVEGANTE». También adquiero los pertrechos necesarios para su fijación en el espejo de popa. Cuando llego al barco son las seis de la tarde. La primera mano está completamente seca. Aplico la segunda y mientras se seca instalo el timón en el espejo de popa. Me cuesta un poco de trabajo pero queda que no hay quien lo quite. Al cabo de una hora llega el hombre que tiene que bajar el barco. La pintura está completamente seca, por lo que el hombre procede a realizar su trabajo. Cuando el barco está a la altura del muelle le digo que pare unos minutos para colocar el barboquejo. Otro asunto que queda resuelto.

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