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Rumbo a Maldivas

Rumbo a Maldivas

Mostrador de la terminal T4, aeropuerto de Madrid, son las 11.30 am y estamos listas para comenzar la aventura.

Demasiado tiempo para preparar este viaje. Es el primero al que nos lanzamos después de que empezase toda esta locura de la pandemia y, si ya de por sí un viaje de este tipo requiere de semanas de preparación en cuanto a material de buceo, titulaciones, permisos y demás; a todo esto, hay que sumarle declaraciones médicas y el resultado de una prueba PCR negativa con 72h de antelación a la fecha de salida.

Para entrar en Maldivas con esta situación debes permanecer en un mismo alojamiento de la isla durante toda tu estancia en el país. En nuestro caso, el barco Searose, de la compañía Submaldives, sería nuestra casa durante los próximos siete días. Una vez pasado el mostrador de la compañía aérea, comenzamos a creernos un poquito más la semana tan increíble que teníamos por delante; nos dirigíamos felices a la puerta de embarque.

Después de unas doce horas de vuelo, con escala en Doha, por la ventana del avión empezamos a avistar pequeñas islas rodeadas de un intenso turquesa, repartidas en medio del azul del Pacífico. Nos observan desde abajo 26 atolones compuestos por más de 1200 islas. Vamos perdiendo altitud y, por fin, aterrizamos en Malé, capital de Maldivas.

Desde el aeropuerto mismo, embarcamos en el Dhoni rumbo al Searose. El primero es el barco de apoyo al segundo, el crucero. En el Dhoni sólo viajamos cuando nos dirigimos a los puntos de inmersión, es más manejable a la hora de acceder a según qué lugares con menor profundidad o menos espacio; está preparado exclusivamente para dejar los equipos de buceo montados, y eso fue lo que hicimos nada más subir a bordo, montar los nuestros. Por su parte, el Searose es el barco principal, donde “vivimos”; y es allí donde nos espera el resto de la tripulación para recibirnos. Entre ellos se encuentra Judith de la Rosa, directora de la empresa; nada más conocerla sabes que estás ante una enamorada del océano y que es esta misma pasión el empuje para llevar a cabo su trabajo.

Tras un briefing de presentación, por fin pasamos a la acción. En todos los vida a bordo se realiza un primer buceo conocido como check dive, una primera toma de contacto para que los guías puedan ver el nivel general del grupo y para que los buceadores comprueben que todo su equipo está funcionando correctamente. Suele ser un buceo tranquilo, poca profundidad, gran visibilidad, poca fauna marina, pues el objetivo es resolver fácilmente cualquier problema que pueda presentarse. Sin embargo, estábamos en Maldivas, y nuestro check dive iba a ser un buceo nocturno con mantas de arrecife de más de 3 metros, nadando entre nosotros.

Bucear con mantas era uno de mis sueños desde que hace más de 7 años comenzara en este mundo; sin duda, los animales más elegantes y majestuosos del océano.

El plan inicial era hacer la inmersión después de la cena, pero todo ocurrió bastante rápido y acabamos cambiando el orden de las cosas. La tripulación encendió los focos de popa para atraer al plancton hacia la superficie, así las mantas irían acercándose para alimentarse. Pero la primera pareja llegó en seguida, así que saltamos corriendo al Dhoni para equiparnos, y al agua.

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En semicírculo, colocados en un fondo de arena a 14 m las mantas iban pasando rozándonos, volando a nuestro lado. No puedo describir lo que se siente, sólo recuerdo lo feliz que fui durante esos 74 minutos de inmersión.

La aventura sigue en Tiburones en Maldivas.

Texto y fotografía por Rocío Pajares y Lara González.

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