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Give me 2 Horns for one Bizcay!

Give me 2 Horns for one Bizcay!

La travesía del golfo de Vizcaya a bordo del Etxe.

Son las 3 de la mañana y la travesía del golfo de Vizcaya está a punto de terminar. Dejamos la isla de Oleron a estribor, el punto que marca el final de estas 200 millas de navegación, desde la meriodional Bayona hasta arribar al puerto de La Rochelle. La noche es oscura y fresca, con vientos constantes de 20 nudos por el través estribor y Etxe lanzado a 7/8 nudos.

De repente se ilumina el horizonte con decenas y decenas de luces: las del puente que cruza hasta isla de Ré, las del puerto, las de los peligros aislados, las de los faros, las múltiples marcas cardinales, las de los barcos de pescadores… En la oscuridad todo va más deprisa: ¿Ésta de delante, es la cardinal sur o son las marcas de alineación para la entrada?¿Cuánto marca de profundidad?¿Cuadra con el mapa?

La marea sigue bajando, por eso la ruta de fondo es más lenta que la velocidad marcada. Todo va muy de prisa y, a pesar de haber repasado una y otra vez las señalizaciones de entrada a puerto, un error de apreciación o una equivocación en cuanto a las luces podría acabar rápidamente con los “sueños de Bretaña”. La excitación está muy presente y proporciona la adrenalina necesaria para dilatar las pupilas y tensar los músculos lo suficiente como para mantener la concentración hasta llegar a puerto. Los neones que adornan los pantalanes nos recuerdan a cualquier muelle menos al de uno de los puertos más famosos de Francia y sus luces contrastan con la fama de austeridad de esta ciudad fortificada. Muchos mástiles y botavaras enrollados en plástico para proteger de la intemperie, modelos que acaban de tocar el agua y lo mejor de las marcas galas, reunidas en un coqueto espacio. El Disneyland de la vela, el paraíso del navegante, la farmacia del toxicómano… Jeanneau, Beneteau, Dufour, Amel, Neel, Foutaine Pajot por nombrar unos pocos. Justo al lado se perfilan los Minis, Class 40’, Figaros y todas las clases de barcos de regata. A pesar de la lluvia y del frío en este mes de junio, los barcos salen a navegar continuamente. 

Uno de los múltiples faros de Belle île, el faro Des poulains construido en 1867.

Primera etapa de un recorrido hasta la Bretaña. La Rochelle deslumbra por su estado de conservación a pesar de los estragos de la segunda guerra mundial. Si a su arquitectura le sumamos una rápida y placentera parada en casa de los suegros, regada con una botella de champán, para recordarme que Francia es el primer país vitícola del mundo, todo va bien.

 Las aguas cristalinas están omnipresentes en Bretaña.

La costa posee un legado histórico importante por los siglos de guerras, de exploraciones, de comercio de todo tipo y de piratería. Carácter y personalidad, como las tormentas que llegan sin cesar al Golfo de Vizcaya. 

Levantar el ancla a las 5 de la mañana permite ver estos amaneceres en junio.

“Give me 2 Horns for one Bizcay!” Dice el refrán inglés, y necesita explicación. 

Primero situémonos: imagínense una línea recta entre el cabo Finisterre y la Bretaña. 223.000km2 de mar. Al este de esta línea está el Golfo de Vizcaya, entre las latitudes 43ºN y 48ºN, muy expuesto a las depresiones que bajan de La Mancha francesa y las islas Británicas.  A esto le sumamos las depresiones tropicales y obtenemos cambios de vientos constantes, tanto en fuerza como en dirección. Las depresiones atlánticas han cruzado el charco durante varios días y la altura de las olas es de varios metros. Los fondos se elevan bruscamente al llegar a la costa; en su parte norte encontramos una plataforma continental de menos de 200m de profundidad y en el sur, un cuello de botella hasta los Pirineos atlánticos. La subida de fondos es extremadamente rápida, violenta y caótica durante los episodios de depresiones. Forma parte de los pasajes más temidos por parte de los navegantes y, cómo no, tuvimos nuestra pequeña muestra de lo radical que puede llegar a ser, saliendo hacia la isla d’Yeu.

Una vez dejada la isla de Ré, empezaron a llegar trenes de olas ordenadas por series de 4/5 olas por el través babor con viento moderado. Uno se da cuenta a posteriori de la verdadera altura del mar cuando puede contar hasta 3 segundos en la bajada de cada ola. Un par de caras verdes a bordo, algunos cubos vaciados al mar y 15 horas después de haber empezado este régimen de olas y lluvia llegamos a puerto bastante contentos. Hasta capitanía nos informa del mal estado del mar a nuestra llegada, un dato más, por si no nos habíamos dado cuenta. El mismo episodio de olas se produce al llegar a nuestro destino final, de vuelta a Capbreton, en una entrada de puerto minúscula donde, entre cada serie que rompía, se podían observar las rocas aflorando desde el faro estribor. La zona alberga una etapa del campeonato mundial de surf, y no es de extrañar: hay olas y son muy poderosas. 

Llegada a Capbreton, 2.5m de olas, 13 segundos de periodo y una entrada de puerto minúscula. Nos espera una sesión de surf de ensueños.

Pero al mal tiempo, buenas crepes y todo pasa. Y es que no sólo con malas condiciones una navegación puede llegar a torcerse. Primera noche, mi primera guardia. Seguimos un barco de pescadores a una milla por delante según el AIS (este aparato que te permite conocer el nombre, el rumbo, la velocidad y la posible ruta de colisión de los demás barcos) durante varias horas. Misma velocidad de unos 5 nudos y rumbo exacto. El pesquero se va hasta el alto fondo de Roquebrunes. Último vistazo al rumbo y la velocidad del arrastrero antes de bajar para preparar un té. Son las 3 de la mañana, mar plano y viento nulo. Todo controlado. Pasan unos 5 minutos hasta que vuelvo a subir al puente y darme cuenta que el barco de pescadores acaba de pararse y de soltar su inmensa red a unos 20 metros en mi flanco babor. Distingo perfectamente las caras de los marineros, deslumbrados por las luces del puente, que me miran con caras incrédulas. Rectificación de rumbo precipitada, chequeo de que no hemos molestado la faena y retomamos el rumbo. El mar Atlántico vacío, nada de viento y la posibilidad de provocar un grave accidente. Sólo puedo pensar en los navegantes del Vendée Globe que se lanzan a 20/25 nudos, solos y de noche. ¡Olé tú, Didac! 

Si los accidentes son relativamente poco frecuentes, la mortalidad es bastante alta dada la escasa probabilidad de sobrevivir a una caída al mar. 

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La falta de sueño aumenta los errores y la dispersión. Una conversación entretenida entre los 3 jóvenes médicos de a bordo. Pauline, compañera de Brice, realizó su tesis sobre las capacidades de atención durante las guardias. Los resultados son significativos a finales de las guardias, aumentados por el estrés y el cansancio. 

Paralelismos que se pueden establecer entre medicina y vela, como el sujeto de la tesis de Alice, a saber: si el uso de la bata influye en la percepción del paciente sobre la profesionalidad del doctor. Lo mismo resulta en el mundo de la vela ¿Hace la ropa al navegante? Todos recordamos a vecinos de pantalán, vestidos para afrontar los siete mares frente a la barra del náutico. Y sí, parece que nuestra percepción del profesional cambia en función de la ropa utilizada.

Esta navegación de casi 3 semanas sirve principalmente a la joven pareja para poner el barco a punto con la mirada puesta en un viaje de un año, incluyendo una travesía por el Atlántico. Estado general, seguridad, motor, aparejo, bote, regulador de velocidad (la maravilla de Moitessier que hizo proezas en mar gruesa), consumo de agua, disposición de la cocina y un larguísimo etcétera. Brice y Pauline llevan toda la pasión del mundo en ese proyecto, que sale a mediados de agosto desde Bayona rumbo al Caribe, pasando por las aguas españolas y Canarias.

Pero es hora de disfrutar de la denominada Plaisance a la française, la navegación de recreo al estilo francés: paradas en playas desiertas, degustaciones de ostras y mariscos, el inamovible aperitif y crêpes variadas. Île d’Yeu, Belle île, île d’Houate… La cantidad de islas es sorprendente y extremadamente variada. Dicen que la Bretaña acaba donde se deja de usar la mantequilla salada. Llevaremos todos un poco de estas aguas en nuestros recuerdos. De cala en cala y de puerto en puerto, la Bretaña se desvela a bellos retazos, como el sol atlántico en estas costas, entre nubes y lluvia. Hay que ganárselo, pero sin duda todo esto no se cambia por dos cabos de Hornos.

Texto por Nicolás Massines

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