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(I) Arión. Versos sueltos del mar – Alberti

(I) Arión. Versos sueltos del mar – Alberti

Aquí comienza un nuevo espacio dentro de Three Knots. Intentará ser una antología poética en constante crecimiento. Poemas que nos sumerjan al mar, que nos hagan balancear entre posidonia, que nos pongan los pies en la arena.

En esta primera publicación aparece Arión de Rafael Alberti. Extensa, demuestra su gran habilidad dentro del género; y, lo que más nos atrae, su pasión y añoranza del mar, inmensa.

Arión

Versos sueltos del mar
A Bautista Saint lean

¡El ritmo, mar, el ritmo, el verso, el verso!

Dale a mi verso, mar, la ligereza,
la gracia de tu ritmo renovado.

Yo soy, mar, bien lo sabes, tu discípulo.
iQue nunca diga, mar, que no eres mi maestro!

Cantan en mí, maestro mar, metiéndose
por los largos canales de mis huesos,
olas tuyas que son olas maestras,
vueltas a ti otra vez en un unido,
mezclado y solo mar de mi garganta:
Gil Vicente, Machado, Garcilaso,
Baudelaire, Juan Ramón, Rubén Darío,
Pedro Espinosa, Góngora… y las fuentes
que dan voz a las plazas de mi pueblo.

Me siento, mar, a oírte.
¿Te sentarás tú, mar, para escucharme?

Tienes la vanidad, el ancho orgullo
de saber que mis versos son siempre para ti.
Te vas dejando playa, tierra que te ha tenido.

Nadie en tu corazón, nadie en tu vientre.

Equivocado, el mar suelta una golondrina.

Rompe el mar tamarindos en su espuma.

Juan el Marino: Venta de humilde mar varado.
Venta de pobres vientos,
de modestos crepúsculos,
de albas arruinadas.

Pleamar silenciosa de mis muertos.
Ellos, quizás, los que os estén limando,
rubias rocas distantes.

Si te escucharas, mar, si tu lenguaje
pudiera, mar, ser otro,
¿qué palabras dirías?

De todos modos, mar, suenas al mismo
y sigues pareciéndote a tu primer retrato.

Mar, a veces, sentada no se sabe en qué asiento.

Se ve que, aunque quisieras,
mar forzudo, no puedes.

Yace aquí el mar. Ni él mismo
supo jamás el número de olas
que deshizo su sueño.

Yace aquí el mar. Hubiera
querido ser marino desde niño.

Yace el mar. Nadie tuvo,
como él, una caja
clavada con estrellas.

Yace aquí el mar. La muerte
sentada está mirándolo en la orilla.

Yace aquí el mar. Debiera
yacer también sobre su tumba el cielo.

Murió el mar. No tenía
para el amor más fuerza que la que tiene un niño.

¿Quién será, mar, capaz de escribir tu epitafio?

Quiero, mar, que en mi día,
que en esa misma hora,
te mueras tú también.

Cada mañana, el mar echa los dientes.

Hoy, mar, amaneciste con más niños que olas.

Sí, mar, lo sé, tú eres, para mí, la otra orilla.

No me dijiste, mar, mar gaditana,
mar del colegio, mar de los tejados,
que en otras playas tuyas, tan distantes,
iba a llorar, vedada mar, por ti,
mar del colegio, mar de los tejados.

Te metí desde niño, chica mar, en mi frente,
y allí fuiste creciendo en oleaje,
hasta hacerte mujer
y hombre a un mismo tiempo.

De niño, yo quería patinar por tus olas,
mar del sur, imposible al corazón de yelo.

De niño, mar, ¿no sabes?
yo te pintaba siempre a la acuarela.

De pronto, el mar suelta un caballo blanco…
y se queda dormido.

Eres, de pronto, mar, igual que una sirvienta
vieja, gruñona y dulce, que tenía mi madre.

La arena, caliente.
Heladas, las olas.
Los que se murieron,
hoy, mar, no te nombran.

Feroces leones.
Furiosos caballos.
Mas si son de espuma,
¿quién podrá domarlos?

Me asomé a ver el mar. Y vi tan sólo
una mujer llorando
contra el cuarto menguante de una luna creciente.

Te anduve, mar buscando
esa inmortal sonrisa…
pero no la encontré.

Ronco, y hasta sin voz, de escupir muertos.

Te saliste de ti, llevándote la playa…
Pero te horrorizaste de ti mismo, volviendo.

¿Qué estás pensando, mar, de los veraneantes?
¿Te gustaría, mar, montarte en bicicleta
darte un largo paseo por las ramblas,
alquilar luego una sombrilla verde
y tumbarte en la playa,
como una mar cualquiera,
a descansar del baño?

Después de todo, mar, una cerveza
te vendría muy bien bajo las lonas
rayadas de estos toldos.

Te llevaría en sulky al blanco parador
de los techos de palma,
si no supiera, mar, que en el camino
nos tirarías, bonito, en la cuneta.

Sabes, mar, que los juncos,
de delgados, te temen
y que al verte venir se doblan de cintura,
mar, para que no puedas cortarlos con tus dientes.

Si te llamara Aitana y además te pidiera:
No te mojes los pies,
mar, ¿me obedecerías?

¿Qué buscan en ti, mar, qué es lo que quieren
estas locas hormigas de los médanos?
¿Pensarán, mar, sacarte de tu sitio
para hacer con tus olas una casa,
una mina de vientos y de música?

La gaviota piensa, reflejada
en un trozo de espejo
que el mar tiró en la orilla:
-Yo soy el mar. ¡EI mar!
Su espuma mensajera.

Vivir en pleamar, seguir viviendo…

Nunca morir en bajamar, no, nunca…

Yo sé que tengo, mar, obligaciones
contigo, mar, que debo
recordar ciertas cosas…

Hoy, por ejemplo, mar, nos convendría,
tanto a ti como a mí,
hablar de nuestros muertos.

¿Será posible, mar, que cualquier noche
puedan mis enemigos secuestrarte?

No me contagies hoy de esa desgana
tan tuya, mar, y menos de esas olas,
mar, de hombros caídos.

Quiero sólo mirarte, mar, tu rostro de niño,
tu agilidad eterna de muchacho.
Para cuando ni pueda conocerte,
deja tu rumorosa
hermosura de anciano.

De lejos, tiene el mar conversación de bosque.
¿Tiene el bosque en su umbría conversación de mar?

Mar, frente a ti he echado ¡ay! las primeras canas.

A veces, sabe el mar a desconsuelo,
a desesperanzadas nostalgias,
a infinita certidumbre de no poder dejarlo.

Sabe también el mar a niño solo,
niño chico que pide de comer a su madre.

Y comprobé también que el mar sabía
a desesperación de mujer esperando.

Otras tardes, el mar tiene gusto a familia
asomada a la playa.

Y en la noche, de pronto, diríase que el mar
tiene sabor a encías sin descanso.

Sin más remedio, mar, sin más remedio,
dices hoy golpeándome en la frente.

¡si me dijeras, mar, la suerte que me aguarda
a mi regreso a Europa!

SÍ, yo era marinero en tierra de marinos.

Espero siempre, mar, que arrojes algo
que no sea una perla,
un pez, un hombre ahogado..

Se te acerca la hora de la siesta,
mar humano, y no sabes
disimular que tienes algo de campesino.

Vi a Galatea, mar, enamorada
por las playas de América.

¡Con qué pasión hoy complicaba el mar,
a las doce, la tabla
de multiplicar!

Dame la ingenuidad, mar, que de pronto
sinceramente tienes.

Pienso, mar, que la tierra
no puede devolverte
un rumor tan dichoso como el tuyo.

¿Qué estás pensando, mar?
-Pienso que hoy
me gustaría serlo plenamente.

De pronto, el mar se queda sin sintaxis,
confundiendo los nombres con los verbos.

Huye el mar, doloridas las espaldas,
oyéndosele luego llorar desconsolado,
como niño sin postre en una carbonera.

¡Oh mar de los encuentros espantables!
Me estás hablando ahora en alemán
con palabras inglesas.

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Comprueba antes de hablar del mar si todavía
eres capaz de hacer subir de ti la espuma.

Dejó el mar al marcharse por la playa
claras huellas de signos varoniles.

Se moría la mar aquella tarde
porque alguien la tratara en masculino.

Hoy la mano del mar hizo al rozarte
saltar de ti la hija de la espuma.

Llega la urraca cerca,
cerquita de la mar.
Pero el mar no se deja
Di querer ni robar.
Ni siquiera tan sólo
para volar.

Debieras, mar, a veces, oler a mal tabaco.

Me emborracho de ti, mar, y camino
entre mares beodos, luego, a tientas.

¡Quién me diera en la vida siempre tiempo
para nunca perderme -ioh mar de por la tarde!-
tu transfiguración!

El mar, cuando te abraza,
sabe bien que es el padre de la espuma.

Te salen barcos, barcos temerosos,
de todas partes, mar,
pero, al fin, ¡barcos!

No quiero trasladarte mi dolor, escribiendo:
Aquel pueblo no tuvo aquella tarde
pañuelo que la mar no se llevara.

¡que yo la vea, mar, que yo la vea
ya espiga, contra ti, bellos los hombros,
y que cuando ni pueda susurrarle ¡Hija mía!,
se lo repitas tú, mar, recordándome!

Quisiera, mar, que tú
le fueras cambiando
poco a poco, los ojos.

Es tan niña, tan niña, torpona mar, que tengo
a pesar de las pruebas de amistad que me has dado,
miedo de que la lleves de la mano tan sólo.

¡Qué dolor infinito, mar, el día
que irremediablemente
tenga yo que aumentar con mis ojos tus aguas!

Pronto, mar, romperás en las orillas
tus árboles de otoño.

Dejarás por las playas tus hojas amarillas
entre tu corazón de enamorado.

Te estás durmiendo, mar. También querría
dormirme al par que tú,
mar, para no mirarte
ni hablar de ti un momento.

Cuando crezcas, Aitana,
le enseñarás al mar Astronomía.

Me han distraído, mar, me han alejado
estos días de ti,
tanto, que ni he podido
escribirte una carta.

¡Qué feliz era, mar! Llegué a creerme
hasta que yo era tú y que me llamaban
ya todos con tu nombre.

Gritaban: ¡Rafael!
y hasta podía
sostener en mi espalda los navíos.

Me extraña, mar, que ahora,
al cabo de los años,
me preguntes lo mismo exactamente.

Distanciado de ti, miro los libros,
paso y repaso hojas,
viendo, mar, que en algunas
te pareces al mar que ambos queremos.

Llegué a la casa, mar. Y fue mi asombro
encontrarte sentado en las butacas,
verte saltar del plato a las botellas,
pretextando a la noche cansancio y abandono
para ni concederme la mitad de mi lecho.

Abrí la puerta. El mar
con tanta confianza entró en la alcoba,
que ni el perro al mirarlo inquietó las orejas.

Siéntate, mar, y vamos
a contarnos la vida a la luz de la lámpara.

Ahora súbete, mar, a la azotea,
mientras que yo me tiendo en tu horizonte
para que me divises desde lejos.

¿Nunca, mar, has pensado ser veleta
para advertirte el rumbo de los vientos?

«Niebla» llegó a aquel mar. Y a sus ladridos
se le llenó de espigas y amapolas.

Era hermoso ser ola,
ser crecido oleaje de aquel pueblo.

Hoy, mar, triste ola suelta,
desterrada del mar, sin pleamares.

Mirando al sol le veo
su verdadero rostro,
mar, lo mismo que el tuyo.

Sí, yo era muchedumbre… Entre sus olas,
igual, múltiple mar, que entre las tuyas,
era una sola voz la que sonaba.

Siempre dispuesto, mar, a ver sirenas…

Si a ti, mar, te arrancaran de tu sitio,
descuajaran a hachazos de tu pueblo;
si ya como lenguaje te quedara
tu propia resonancia repetida;
si ya no fueras, mar, mar para nadie,
mar ni para ti mismo,
perdido mar hasta para la muerte…

¿Pasarás tú, mar pálido, algún día,
también la última hoja,
viendo espantado al arribar al índice
las páginas y páginas ya idas?

                                                     Pleamar, 1944.

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