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(IV) Anna, la aventura continúa.

(IV) Anna, la aventura continúa.

Retomando la travesía a bordo del Anna, tras poner rumbo a Francia, continuamos nuestra singladura, ahora sí, por fin en Francia. El cruce había sido intenso. Por la mañana con el café en mano y sentados en el pantalán, contemplábamos el desastre generado por la travesía del día anterior. Algo no iba bien, no era posible que por un poco de mar por proa con los portillos bien sellados estuviera todo empapado. Más que atravesar unas pocas olas, parecía que nos hubiera pasado un tifón por encima. 

Después de vaciar prácticamente todo el barco, vimos cómo con facilidad se desprendía el tapizado que cubría toda la fibra del interior de la cabina. El pegamento estaba empapado de agua salada perdiendo toda su función, el moho ya empezaba a crear una nueva capa aislante sobre el casco y el olor empezaba a ser insoportable. La cubierta del Albin Vega estaba atornillada al casco a lo largo de toda la regala, por donde se hacían evidentes las infiltraciones a través de las perforaciones que con el tiempo habían perdido el sellador que impedía entrar al agua. 

Nos llevó demasiado tiempo limpiar toda aquella pasta de pegamento húmedo adherido a la fibra, por no mencionar la acrobática faena de desatornillar y atornillar de nuevo uno a uno los acoples entre el casco y la cubierta, que fuimos sellando con una silicona resistente a la corrosión salina. Nos la regalaron nuestros simpáticos vecinos Ruth y Brandon, un matrimonio inglés que andaba disfrutando de su jubilación a bordo del Westering Home, un increíble velero de 50 pies que parecía tener hasta 3 pisos de altura. Con las manos destrozadas de rascar durante horas, mareados de esnifar tanto disolvente y contracturados de insertarnos por los huecos más recónditos del barco para sostener las tuercas de unión, nos fijamos en la cantidad de luz que entraba a través de la fibra tras limpiar todo. Agotados, decidimos que pintar en aquel momento sería lo último que haríamos, así que decidimos aprender a convivir con más luminosidad por un tiempo.  

Partimos rumbo oeste rezando por dejar atrás las goteras y poder navegar, esta vez, secos. Dominando ya las corrientes de marea, saltamos de isla en isla a través del archipiélago británico situado al oeste de las costas normandas. Primero, recalamos en la bahía de Braye, en la isla de Alderney, por unas horas amarrados a una boya. Una isla famosa por sus frailecillos o “puffins”, rodeada de una exuberante vegetación que, a pesar de ser muy tentadora, no pudimos visitar. En aquel momento sólo podíamos centrarnos en el cruce de la bahía de Vizcaya, y si no nos apresurábamos, perderíamos la ventana de viento favorable que teníamos para la próxima semana. Fue a media tarde que conseguimos alcanzar la mayor de las islas, Guernsey. Acostumbrados a grandes marinas con espacio más que suficiente para amarrar en los pantalanes de visitantes, nos encontramos en “Victoria Marina” un laberinto de canales angostos por donde circulaban los barcos, en los que, además antes de entrar, tenías que aguardar abarloado a otra embarcación a que un semáforo de marea te diera paso, pues en Guernsey la amplitud de marea era de unos 10 metros.

No demoramos mucho en seguir nuestro rumbo, volver a tierras inglesas había suscitado en Mark un sentimiento de apatía al sentir que volvía de nuevo a rodearse del tipo de sociedad de la cual venía huyendo. La sensación empezaba a ser mutua y sólo teníamos ganas continuar navegando hacia sur, así que emprendimos de nuevo el viaje. 

Esta sería nuestra última travesía antes de cruzar sin descanso hasta tierras gallegas. Esperamos al anochecer, pues hasta la madrugada no nos daría paso el semáforo para salir de puerto. Era la primera vez que nos aventurábamos a salir de puerto de noche y todo estaba completamente oscuro. Con la caña a mano izquierda y el “GPS” (móvil con Navionics) a mano derecha, avanzaba con cuidado para no acercarme demasiado a las rocas que, como un campo de minas, se disponían hasta más allá de un par de millas fuera del puerto. Mark por su parte preparaba las velas en cubierta mientras vigilaba que no abordáramos a ningún barco, ya que era imposible ver nada desde la bañera. Aproados al viento izamos la mayor, y deslizamos stay arriba nuestra génova más grande para intentar navegar a orejas de burro con la suave brisa nocturna que nos llegaba por popa, pues no sería hasta nuestro próximo destino dónde aprenderíamos a usar el spinnaker que tanto respeto nos daba entonces. 

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Como un ave marina parecía que planeábamos hacia nuestro siguiente punto en la carta. No podía creer las aptitudes de navegación que Anna mostró durante la travesía, era todo lo que necesitábamos para armarnos de confianza y sentir que realmente no había horizonte hacia el cual no pudiéramos navegar. En poco más de 10 horas pisamos Roscoff, nuestro destino. Ésta fue probablemente la travesía más satisfactoria que recuerdo del viaje.

Texto y fotografía por Lucas Coll.

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